La infancia se ha convertido en uno de los rostros más frágiles del desplazamiento forzado en el norte de Cisjordania. Más de 30.000 palestinos han tenido que abandonar sus hogares en el último año por las operaciones militares israelíes en varios campamentos de refugiados, y al menos 12.000 son niños que arrastran ya consecuencias visibles en su salud mental, según advierte Save the Children.
La organización describe un deterioro progresivo del bienestar emocional de los menores tras meses sin estabilidad, sin escuela regular y sin un entorno seguro. Entre los síntomas detectados figuran regresiones conductuales, problemas para dormir, pérdida de apetito y rechazo a asistir a clase. “La normalidad ha desaparecido de sus vidas”, señalan desde la ONG.
Muchos de estos niños no solo han sido desplazados, sino que han visto cómo sus casas eran demolidas, lo que elimina cualquier expectativa de regreso. Las familias se reparten ahora entre viviendas de parientes, pisos alquilados de forma precaria o alojamientos improvisados como residencias universitarias. La ruptura de las comunidades, tradicionalmente muy cohesionadas, agrava la sensación de desarraigo.
La inestabilidad también golpea el sustento económico. Padres y madres se han visto obligados a aceptar trabajos esporádicos o fuera de su experiencia, con ingresos insuficientes para cubrir necesidades básicas. Algunas familias dependen casi por completo de ayuda externa para comida, ropa o camas.
Ante este escenario, Save the Children ha reforzado sus programas de apoyo psicológico y educativo para evitar que los menores acumulen retraso escolar y problemas emocionales crónicos. También distribuye asistencia económica directa para aliviar la precariedad más urgente.
La organización reclama a la comunidad internacional mayor presión para frenar demoliciones y restricciones a la ayuda humanitaria, al tiempo que denuncia las trabas impuestas por Israel a agencias y ONG, incluida la revocación de permisos y limitaciones logísticas que dificultan la entrega de suministros.
Mientras tanto, miles de niños crecen lejos de casa, en una provisionalidad que amenaza con convertirse en permanente. Para las organizaciones humanitarias, el riesgo ya no es solo material, sino generacional.