Una compleja gama de situaciones caracteriza la proyección humana, por las que olvidamos, con frecuencia, las obvias condiciones naturales en las que arribamos al planeta y en donde otra cantidad de aderezos confluyen para obnubilar el alma, para soslayar nuestra débil existencia. Si nos detuviéramos a pensar sobre la poquedad que somos comparados con el universo; si nos percatáramos de la minúscula partícula que constituimos en la vastedad del cosmos y reflexionáramos sobre asuntos pendientes que tenemos con nuestros congéneres, probablemente tomaríamos cartas sobre el asunto, abismados por la inmensidad de la creación.
La capacidad sensible es otro atributo de la condición humana que debiera —y eso se espera de la humanidad— poner en marcha todos los engranajes para rescatar la compasión como expresión de la propia valía. Solo así podríamos descubrir al ser que está a nuestro lado, ese que es nuestro reflejo y más nuestra propia percepción que un extraño. La solidaridad no es un acto de caridad opcional, sino la prolongación de la raza, la continuidad de la especie y la única garantía de la probabilidad de mantenernos sobre el planeta en una convivencia digna.
Pero es que, incomprensiblemente, nos invade la terquedad, el orgullo y la prepotencia para hacer gala de una inaguantable deshumanización. Irrumpimos en la quietud del espíritu para torpedear la mejor parte de nosotros: aquella que hoy yace ahogada porque no la dejamos salir, arropada por sentimientos alienantes que dejan de ser connaturales con nuestra esencia y que avergüenzan nuestra existencia, aunque no lo queramos reconocer.
Se nos va la vida queriendo poseer el mayor número de bienes materiales y dejamos muchas veces a un lado lo más importante: emprender la tarea de ser cada día mejores personas. Algunos evocan la súplica al Creador, solícitos de comprensión y justicia, pero niegan la comprensión a los demás porque creen que la suya es la única causa justa. Por encima de ella, no ha de haber ninguna otra y, equivocadamente, emprenden la captura de una verdad que no necesitan; la verdad ya es, y en la que los intereses colectivos sucumben ante los particulares, convirtiendo nuestra sociedad en una especie de mundo bizarro. Es hora de recordar que nacimos desnudos y que la única vestidura que realmente perdura es la nobleza de nuestras acciones.
«La justicia que se ensaña con el inocente para dar ejemplo, no es justicia, es un sacrificio pagano en un altar de leyes» (Doctor Crisanto Gregorio León)
Doctor Crisanto Gregorio León. Profesor Universitario