Durante años, la transfusión de sangre se ha entendido como una respuesta casi automática ante determinados niveles de anemia o situaciones clínicas concretas. Sin embargo, esa visión está cambiando de forma clara. Hoy, la medicina transfusional avanza hacia un enfoque más reflexivo, personalizado y centrado en cada paciente. Así lo señalan los expertos, que coinciden en que transfundir ya no es solo “poner sangre”, sino tomar una decisión clínica compleja que debe evaluarse caso a caso.
Este cambio de paradigma quedó patente en los últimos encuentros científicos internacionales, donde se ha reforzado una idea clave: no todos los pacientes se benefician igual de una transfusión. La pregunta que ahora guía la práctica hospitalaria es sencilla, pero profunda: ¿realmente este paciente necesita una transfusión? A partir de ahí, se prioriza el cuidado de la sangre del propio paciente, la reducción del sangrado y una mejor tolerancia a la anemia, principios que forman parte del conocido Patient Blood Management (PBM). El objetivo no es solo optimizar recursos, sino mejorar resultados clínicos y reducir riesgos innecesarios.
Entre los avances con aplicación más inmediata destaca la consolidación del hierro intravenoso como una opción segura y eficaz, incluso en pacientes con infecciones bacterianas agudas. Esta estrategia permite acelerar la recuperación de la hemoglobina y mejorar la supervivencia en personas frágiles o con anemia importante, evitando transfusiones que podrían no ser imprescindibles, según Europa Press.
En el ámbito quirúrgico, especialmente en la cirugía mayor, también se refuerzan medidas destinadas a minimizar la exposición transfusional. El uso sistemático del ácido tranexámico en determinadas intervenciones ha demostrado reducir la necesidad de transfundir sin aumentar el riesgo trombótico, lo que supone un avance relevante en términos de seguridad.
Paralelamente, la transfusión del futuro combina soluciones clásicas con desarrollos innovadores. Desde el interés renovado por la sangre total en hemorragias graves hasta investigaciones para obtener plaquetas a partir de células madre o mediante técnicas de edición genética, todo apunta a servicios de transfusión más integrados en la toma de decisiones clínicas y no solo como proveedores de componentes sanguíneos.
Los expertos también advierten de que incluso cuando una transfusión está bien indicada, puede generar complicaciones, sobre todo en pacientes transfundidos de forma crónica. Por ello, cobra importancia la combinación de técnicas clásicas con herramientas de biología molecular, que permiten prevenir problemas como la aloinmunización o el síndrome de hiperhemólisis.
En enfermedades hematológicas como la talasemia o la enfermedad de células falciformes, los avances se centran en un mejor seguimiento biológico, el control de riesgos trombóticos y un manejo más ajustado del metabolismo del hierro. Todo ello refuerza una idea común: la hematología avanza hacia una medicina más precisa, preventiva y humana, donde cada decisión se adapta a la persona y no solo al protocolo.