El Atlético de Madrid vivió otra noche de esas que resumen su temporada: luces intensas y sombras desconcertantes. Bajo la lluvia constante del Jan Breydelstadion, el equipo rojiblanco arrancó con personalidad, bien plantado y decidido a imponer su plan. Apenas habían pasado unos minutos cuando una acción a balón parado terminó en penalti tras la revisión del VAR. Julián Álvarez, con serenidad, transformó la pena máxima y adelantó a los suyos, confirmando que poco a poco va dejando atrás su sequía goleadora.
El tanto dio seguridad momentánea al conjunto de Diego Pablo Simeone, pero no frenó el ímpetu del Brujas. El equipo belga respondió con intensidad, exigiendo a Jan Oblak, que volvió a demostrar por qué es uno de los pilares del vestuario. El intercambio de golpes fue constante, con ocasiones en ambas áreas y un ritmo que no permitía tregua.
Cuando parecía que el descanso llegaría con ventaja mínima, apareció Ademola Lookman. Discreto durante gran parte del primer tiempo, el atacante emergió en el momento justo para firmar el 0-2 tras una jugada nacida también desde el córner. El Atlético se marchaba al vestuario con una renta valiosa y la sensación de tener el partido bajo control. Pero esa sensación, una vez más este curso, resultó ser engañosa.
La segunda mitad mostró la versión más vulnerable del Atlético. El Brujas salió con determinación, presionando alto y castigando cada desajuste defensivo. En una acción a balón parado, los locales recortaron distancias y el partido cambió de temperatura. El empate no tardó en llegar tras una jugada por banda que evidenció problemas de concentración y colocación en la zaga colchonera.
El 2-2 dejó tocado al Atlético, que perdió fluidez ofensiva y claridad en la circulación. Simeone movió el banquillo buscando reacción. Alexander Sorloth entró como referencia ofensiva y tuvo un impacto inmediato: un cabezazo a la cruceta y otra ocasión clarísima que salvó el portero rival mantuvieron la tensión en el área belga.
El premio llegó tras una acción por la derecha que terminó en gol en propia puerta del Brujas. El 2-3 parecía oro puro, un golpe definitivo para encarar con tranquilidad la vuelta en el Metropolitano. Sin embargo, la calma nunca fue total. El equipo local, empujado por su afición, siguió creyendo hasta el final. Y en el minuto 90, un disparo cruzado silenció cualquier intento de celebración rojiblanca.
El 3-3 deja sensaciones encontradas. Por un lado, frustración por haber desperdiciado un 0-2. Por otro, alivio por salir con la eliminatoria viva y la oportunidad de decidir en casa. El Atlético deberá corregir errores y encontrar mayor regularidad si quiere avanzar en una competición que no perdona despistes. La vuelta dictará sentencia, pero la advertencia ya está sobre la mesa.