«Y dijo a los jueces: Mirad lo que hacéis; porque no juzgáis en nombre de hombre, sino en nombre del Señor, el cual está con vosotros cuando juzgáis. Sea, pues, con vosotros el temor del Señor; cuidad lo que hacéis, porque con el Señor nuestro Dios no hay injusticia, ni acepción de personas, ni soborno.» — (2 Crónicas 19:6-7, Santa Biblia)
«La justicia sin misericordia es crueldad; la misericordia sin justicia es la ruina.» — Santo Tomás de Aquino
Camina plácido entre la algarabía de las presiones y la prisa de los términos procesales, y recuerda siempre qué paz tan profunda habita en la justicia justa, cuando buscas la inspiración del Creador. En la medida en que te sea posible, y sin capitular jamás ante la extorsión ni el soborno, mantén un trato digno y decoroso con las partes involucradas. Enuncia tus sentencias y providencias de manera serena, pero éticamente inatacables; escucha con paciencia al justiciable y a su defensa técnica, pues ellos tienen una verdad que decirte. Esquiva con firmeza a los sobornarios y a los lobistas corruptos, pues la propuesta de cohecho o la extorsión son un fastidio ponzoñoso para el espíritu de la ley y un agravio a la rectitud que Dios te demanda. Si pretendes medir el éxito de tu magistratura comparando tu estatus con el de otros colegas advenedizos, caerás en la vanidad o en la amargura; siempre habrá juzgadores con mayor notoriedad artificial y fiscales con menos escrúpulos que tú en las escalinatas del poder mundano.
Disfruta de la pulcritud de tus resoluciones tanto como de tus proyectos de doctrina. Mantén un interés sagrado en tu carrera judicial, por espinosa o desapercibida que parezca en los tribunales de provincia; esa rectitud es tu única posesión legítima en el fortuito e implacable cambiar de los tiempos y la misericordia de Dios para que purgues tus propios pecados. Sé sumamente cauto en tus despachos y deliberaciones, pues el foro judicial está plagado de tentaciones, de trampas procesales y bajezas humanas. Pero que la cercanía con el delito y la prevaricación no te vuelva ciego ante la jurisprudencia de la virtud, porque Dios es el juez supremo y su justicia guía a los rectos de corazón: todavía quedan magistrados que batallan por altos ideales y el ejercicio del derecho aún alberga héroes anónimos. Sé tú mismo en el estrado, pero recuerda que Dios te observa. Y, en especial, no acuses ni condenes a inocentes, ni seas cínico ante la equidad social; pues ante el Altísimo habrás de rendir cuenta de cada una de tus actuaciones.
Acata dócilmente el consejo de los sabios y la experiencia, abandonando con elegancia los impulsos temerarios o las ambiciones desmedidas. Cultiva una fortaleza de espíritu inquebrantable y una ética blindada en la fe para que te sirvan de escudo ante las adversidades repentinas o los ataques infundados de la opinión pública y no des pie para que hablen de ti de manera que deshonres el cargo que ejerces y tu propia imagen como hijo o hija de Dios. Tampoco te dejes arrastrar por quimeras ni paranoia judicial. Muchos miedos y malas decisiones nacen de la fatiga del papeleo acumulado y de la soledad del decisor. Más allá de una sana y estricta disciplina legal, sé benigno con tu propia conciencia; los jueces y fiscales no son perfectos, pero deben buscar esa perfección espiritual encomendándose a la sabiduría divina, pues no deben ser autómatas de la burocracia. Tú eres una pieza fundamental del orden del sistema de justicia y del universo creado por Dios y no con menor dignidad que las leyes que rigen los astros; tienes un derecho legítimo y un deber sagrado de estar allí. Y sea que te resulte claro el panorama o no, indudablemente la legalidad avanza hacia su cauce correcto si te dejas guiar por la mano del Supremo Hacedor.
Por lo tanto, no debes ser corrupto ni injusto, debes estar en paz con Dios, cualquiera que sea tu idea de Él, sabiendo que creer en su poder es el único Norte absoluto para impartir verdadera equidad. Y sean cualesquiera tus fatigas en los debates orales y tus asignaciones de ascenso en la carrera, mantén la paz en tu fuero interno y el temor de Dios en tu espíritu en medio de la ruidosa y a veces putrefacta confusión de los litigios. A pesar de todas las falsas promesas de los pasillos, el necesario ejercicio de revocar sentencias cuando estas se alejan de la verdad, y los sueños rotos de los justos, el derecho bendecido por la justicia divina sigue siendo un instrumento hermoso para sostener al mundo. Procura mantener la frente en alto. Lucha por ser un juez o un fiscal justo ante los ojos de los hombres, pero principalmente ante el escrutinio de Dios. Esmérate por ejercer con integridad tu cargo.
«La ley es orden, y la buena ley es el buen orden.» — Aristóteles
Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario