La muerte, cuando llegan ha de ser bien recibida porque, siendo inevitable, a todos conviene su amistad. Y si de lejos se la ve venir, bueno es salir a su encuentro con la bandera peticional de que prolongue un poco más la vida. Pero las muertes que se precipitan con vasallaje de ineptitudes o de placeres que la adelantan, deben ser alejadas de la vida, como las lavas que queman de los volcanes.
La muerte de otros dos guardias civiles defendiendo la salud y la vida de nuestros jóvenes, tiene necesariamente que evitarse con los medios adecuados y excelentes precauciones que corrijan la inseguridad a la que se exponen. El Gobierno dilapida sus ingresos derramando sobrecitos para contentar y escatima en defender a quienes nos defienden. Todo lo arreglan luego con medallas que no sirven para devolver la vida que pudo y debió ser valorada en bien propio y en el de sus familias.
La droga esclaviza y, a quien procura desatar las cadenas, se les deja morir como una manera de empobrecer su tarea. Las profesiones de riesgo se miden por los pechos abiertos de los valientes y nunca por el descaro de no saber reconocerlo.