Últimamente leo sobre todo a periodistas que escriben en Fuentes Informadas, por su creciente calidad y porque me consta que gozan, igual que yo, de una envidiable libertad. No obstante, de vez en cuando es necesario aprender también de los buenos columnistas que prodigan en muchos medios aunque, en otros, haya que buscarlos como Diógenes con su lámpara cansada.
Hay periodistas que me complace leer pero que revelan en su argumentación un “sobreseimiento” destacado. Una columnista de El Debate, cuyo nombre no merece la pena destacar, se arrogó la determinación de señalar por su cuenta a los mentirosos y delincuentes y exonerar, supongo que a los “suyos”, de una responsabilidad más propia que a los en su pluma fueron “condenados”.
El disimulo era, hasta hace poco, una cualidad silenciosa que a nadie ofendía, permitiendo escaparse por la tangente a los que no estaban convencidos. Según el precio, hoy se miente con descaro y, como las consecuencias de una demanda judicial si llegan, llegan tarde, se sigue tirando de hebra con la impunidad del que se sabe protegido. A pesar de ciertos periodismos, la elegancia veraz de la profesión sigue encendida.
Pedro Villarejo