La fractura del principio de inmediación

27 de abril de 2026
8 minutos de lectura
Sentencia en el pasillo: Vigilancia clandestina
«El psicópata narcisista no posee el coraje de la confrontación moral; su poder emana de la sombra y el engaño, y una vez ejecutada su agresión, se repliega al anonimato del cobarde para evitar el reflejo de su propia carencia de alma.» — Robert Hare

La escena que se despliega en los pasillos de un palacio de justicia representa la decadencia institucional. Lo que debe ser un templo de la ley, donde la majestad de la justicia se impone con transparencia y gallardía, se convierte en un mercado de influencias donde la sentencia se dicta entre las sombras. En este laberinto de expedientes acumulados y mesas de amanuenses que invaden el espacio vital, la figura de la juez se desdibuja hasta ser un fantasma que acecha desde un cubículo ajeno, mirando a la distancia lo que acontece en el corredor. La justicia penal no puede ser un acto de prestidigitación donde la mano que firma el castigo es la misma que se oculta tras una puerta entreabierta en territorio extraño. Cuando el juzgador abandona el estrado para refugiarse en la oscuridad de una oficina ajena, envía un mensaje inequívoco: no existe convicción jurídica en sus actos, sino el cumplimiento de una agenda oculta que no resiste la mirada directa del justiciable ni el escrutinio de la verdad procesal. Es la manifestación de esos agujeros negros del Derecho, donde la luz de la justicia se extingue y el debido proceso es devorado por intereses inconfesables, viciando la esencia misma de la función pública jurisdiccional.

Esta conducta no constituye una casualidad administrativa, sino la manifestación externa de un cuadro psicológico perturbador: el síndrome de la hubris unido al narcisismo maligno. La juez, envuelta en su delirio de omnipotencia, ha osado decidir sobre la libertad de un hombre inocente como quien mueve una pieza en un tablero de ajedrez, careciendo del andamiaje emocional para enfrentar el peso de su propia maldad. El psicópata narcisista disfruta del control y de la destrucción ajena, pero es esencialmente un cobarde que teme la reacción del agredido. Por ello, tras ejecutar una condena sin fundamento, se asoma por la puerta de un cubículo distante, observando los restos del naufragio humano que provoca, pero sin el valor de descender al ruedo para leer, cara a cara, la infamia que redacta. Es la técnica de tirar la piedra y esconder la mano, elevada a la categoría de función judicial, lo cual constituye una perversión absoluta y una huida de la responsabilidad moral.

El juicio oral y público no es un simple formalismo; es una garantía procesal suprema diseñada para evitar procederes vergonzosos e ilegales. La normativa exige que la sentencia sea leída en su integridad por el juez que la dicta, en presencia de las partes, asegurando que el acto de juzgar sea un ejercicio de responsabilidad pública y ética. Sin embargo, en este teatro del absurdo, la juez delega esta función sagrada en un secretario, utilizándolo como un escudo humano para no ser ella quien reciba el impacto de la indignación de la defensa técnica y el desgarro del inocente. Al enviar al funcionario a imponer la sentencia en un pasillo apretado, entre mesas ajenas y el ruido de otros trámites, se profana el derecho fundamental a la defensa. La ausencia del juzgador en la lectura de la sentencia no es solo una falta ética, es una nulidad absoluta que vicia todo el proceso, pues nadie debe ser condenado por una voz que no ostenta la jurisdicción.

La imagen del condenado, flanqueado por su defensa técnica en medio de un pasillo, recibiendo una sentencia de boca de un subordinado mientras la juez vigila desde la lejanía de un despacho que no es el suyo, es la fotografía de una justicia que pierde su norte moral. Los juristas, en su lucha por el cumplimiento de las formas, se encuentran con la muralla del silencio de una juez que decide que su confort psicológico está por encima de los derechos humanos fundamentales. Existe una violación flagrante a la inmediación procesal. ¿Cómo puede una juez evaluar la reacción de las partes o la claridad de su propia decisión si se encuentra a metros de distancia, asomando apenas la cabeza por una puerta extraña? Este aislamiento no es protección, es fuga; no es prudencia, es miedo irracional. Es la reacción instintiva de quien actúa al margen de la ley por intereses que no se atreve a confesar, transformando el acto judicial en una emboscada administrativa que fractura la confianza ciudadana.

Desde el enfoque de la psicología forense, el comportamiento de la juez corrupta encaja en el perfil de aquellos que utilizan las instituciones para desfogar sus patologías personales. El narcisista necesita la destrucción del otro para reafirmar su falsa superioridad, pero a diferencia del guerrero que enfrenta la batalla, el narcisista judicial prefiere la ejecución silenciosa. Al esconderse en un cubículo ajeno para espiar el resultado de su maldad, la juez recrea un escenario de poder infantil donde ella ve todo sin ser vista, creyéndose inmune a las consecuencias de sus actos. No comprende, o no le importa, que cada minuto que permanece asomada tras esa puerta, fragmenta la fe pública en el sistema penal. Su cobardía es el combustible que alimenta la corrupción, pues sabe que la sombra es el mejor refugio para la injusticia y que el brillo de la verdad solo es posible bajo la luz directa de la confrontación legal, ética y humana, sin parapetos ni escondites vergonzosos.

El hacinamiento de los recintos, donde secretarios y amanuenses de diversos despachos trabajan codo a codo en un pasillo, sirve de camuflaje para esta maniobra de escape. En el caos, la irregularidad se vuelve invisible para el ojo desprevenido. Pero la presencia de la defensa técnica exigiendo la comparecencia de la juez rompe el esquema del ocultamiento. La instrucción de la juez al secretario, indicándole que no es necesario leer la sentencia, culmina en un acto de desprecio procesal absoluto: el funcionario se limita a entregar el papel como un simple acuse de recibo, sin lectura alguna, desafiando los pilares del garantismo procesal. La integridad de la sentencia es un todo indivisible; no se informa simplemente un veredicto, se explica y fundamenta una decisión de vida. Al hurtar al condenado la oportunidad de escuchar de su juez los motivos de su pérdida de libertad, se le despoja de su dignidad humana, convirtiéndolo en un objeto de trámite y no en un sujeto de derecho en un juicio que debe ser transparente, frontal y audaz ante la sociedad.

Es imperativo cuestionar qué tipo de civilización se construye cuando se permite que las sentencias se entreguen como si fuesen correspondencia ordinaria en un corredor público. La juez corrupta, al mercadear con la inocencia, se vuelve prisionera de su propio esquema de extorsión. Aquel que condena por dinero o por consignas, pierde la autoridad moral de sentarse en el estrado. Por eso se esconde. Se oculta porque la mirada del inocente es un espejo insoportable para quien vende su conciencia al mejor postor. Se asoma por la ventana o la puerta de un tribunal ajeno no para vigilar el cumplimiento de la ley, sino para comprobar si el camino está despejado de riesgos para su integridad personal. Es el narcisismo en su estado más abyecto: el otro no existe más que como una molestia que debe ser despachada por el secretario para que ella pueda seguir disfrutando del botín de su prevaricación en la paz de su escondite.

La justicia contemporánea es enfática en la necesidad de la publicidad y la presencia física del juzgador. No hay justicia sin juez presente. La «juez del armario» —o del cubículo prestado— es una afrenta a la evolución jurídica. El hecho de que este escenario se repita, donde la cobardía se disfraza de razones de seguridad o exceso de trabajo, es solo una excusa para encubrir la falta de probidad. Un psicópata en el poder es peligroso, pero un psicópata con toga y martillo es letal para la civilidad y el estado de derecho. La invisibilidad que busca la juez al ocultarse es la misma invisibilidad que intenta imponer sobre las pruebas que demuestran la inocencia del condenado, tejiendo una red de irregularidades donde el pasillo es el patíbulo y el despacho ajeno el puesto de mando de la infamia, ajeno a cualquier frontera geográfica o limitación de soberanía nacional.

Este andamiaje de sombras no solo se sostiene por patologías del carácter, sino por una estructura de incentivos perversos que subyace en las entrañas del sistema. Existe un secreto a voces sobre la existencia de una «tasación de la libertad», donde la condena se convierte en una métrica de eficiencia administrativa y, presuntamente, en un rubro de beneficio personal para los operadores del tribunal. Cuando la sentencia condenatoria se despoja de su naturaleza ética para transformarse en una unidad de valor económico, el juez deja de ser un árbitro para convertirse en un recaudador. Este sistema de «bonificaciones por castigo» desnaturaliza la justicia y la reduce a una industria extractiva de derechos humanos. Bajo esta lógica mercantilista, la inocencia es un obstáculo para la rentabilidad, y la condena se erige como el tributo necesario para mantener los privilegios de una jerarquía que prefiere los números sobre las vidas.

Finalmente, este texto es una denuncia contra el silencio cómplice de quienes ven y no hablan. Los amanuenses que bajan la cabeza sobre sus máquinas mientras la juez asoma la mirada por la puerta y los secretarios que obedecen órdenes ilegales son parte de la misma patología institucional. La juez psicópata narcisista no se detiene por su cuenta; su hambre de control y su desprecio por la ley crecen exponencialmente con la impunidad. Es necesario arrancar la cortina de ese armario y obligar a la justicia a volver al estrado, donde la luz de la verdad no permite escondites y donde dictar una sentencia significa asumir la responsabilidad histórica de cada palabra escrita y de cada libertad arrebatada ante la mirada del mundo. La transparencia no es una opción decorativa, sino la esencia misma que legitima el ejercicio del poder judicial en cualquier sociedad que se pretenda democrática.

El camino hacia la recuperación de la institucionalidad pasa por la exposición de estos vicios procesales recurrentes. No se permite que la justicia siga siendo un acto de cobardía ejecutado por delegación. El inocente que sufre la condena de una juez invisible es la señal de alarma de un sistema que requiere una purga ética inmediata. La justicia es un acto de valentía, de dar la cara al justiciable; cualquier otra cosa es simplemente una parodia de derecho, un teatro de sombras donde el escondite de la juez es el último refugio de una conciencia condenada por el juicio de la historia y de la moral. No existe geografía que excuse la ausencia del juez en el momento de la verdad; la justicia se ejerce de frente o no se ejerce. El derecho se fundamenta en la rectitud de quien lo aplica, y quien se esconde merodeando desde cubículos distantes, ya ha dictado su propia sentencia de indignidad ante los ojos de la humanidad.

Nota técnica y de reserva: El presente texto constituye un ejercicio de ficción jurídica y narrativa literaria, diseñado como una hipótesis de trabajo para exponer, mediante la hipérbole y el análisis doctrinario, situaciones que no son correctas y no deberían presentarse en la praxis judicial, con el fin de ilustrar los vicios procesales y patologías institucionales donde este fenómeno se presente, desde una perspectiva académica y docente. Cualquier semejanza con sujetos específicos responde a la recurrencia de estos fenómenos, reafirmando que el objetivo es el fortalecimiento de la ética y el debido proceso.

«La mayor tragedia del narcisista en una posición de poder no es su maldad innata, sino el terror paralizante que siente ante la idea de que alguien descubra su profunda y abyecta cobardía detrás de la máscara de autoridad.» — Sam Vaknin

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

Responder

Your email address will not be published.

No olvides...

La construcción deliberada de la culpabilidad y el desprecio por la verdad

"La realidad es una construcción social y quienes tienen el poder de definirla tienen el poder de controlar la verdad."…

La voluntad consciente de ofender a Dios

La jueza Endora y el perito que cometió perjurio: el mercado de las condenas…

El cronovisor y los evangelios apócrifos

"No es el conocimiento el que ilumina el alma, sino la caridad que construye sobre la verdad, incluso cuando esta…

¿Qué es lo que te hace una mala persona?

La esencia de nuestra condición no se define por la infalibilidad, sino por la capacidad de reconocer nuestras propias sombras…