Una exhortación a la conciencia del togado de alma pura. Donde hay error, hay enmienda

27 de marzo de 2026
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«A los jueces cuya presencia se anhela eterna por el bien y no por el mal: recuerden que donde hay error, la grandeza radica en la enmienda.» – Doctor Crisanto Gregorio León

El aforismo latino Ubi error, ibi remedium —donde hay error, debe haber enmienda— no es una simple sugerencia académica, sino un mandato imperativo que debe resonar en los despachos judiciales antes de que la tinta de una sentencia injusta se seque. Para el juez que aún sostiene la pluma, existe un espacio sagrado de reflexión donde la legalidad y la moralidad deben converger para evitar una tragedia jurídica; es allí donde debe ocurrir el despertar de la conciencia judicial ante el abismo del error. La verdadera grandeza de un magistrado no reside en la terquedad de sostener un yerro por orgullo, sino en la valentía de rectificar a tiempo, comprendiendo que cada folio representa una vida humana que exige justicia, no solo legalismo.

El ejercicio de la judicatura no otorga una patente de corso para sentirse seres especiales o divinidades terrenales inmunes al escrutinio ético. Aquel que se sienta en el estrado debe hacerlo con un profundo temor a Dios y un respeto absoluto por la dignidad del prójimo, despojándose de cualquier soberbia que le impida ver la verdad procesal. La potestad de juzgar es una carga pesada que exige una humildad radical; creerse por encima del bien y del mal es el primer paso hacia la tiranía. Un juez que ignora las pruebas de inocencia traiciona no solo su juramento, sino la esencia misma de la civilización que se supone debe proteger bajo el manto de la probidad.

Es imperativo que el juzgador comprenda la magnitud del daño que causa una sentencia condenatoria errónea. Mandar a un inocente a la cárcel es, en la práctica, firmar una sentencia de muerte lenta. Aunque el código penal no contemple la pena capital, las condiciones de reclusión convierten el encierro en un corredor de peligros donde la vida puede extinguirse en cualquier momento. El juez que condena sin la certeza absoluta se convierte en cómplice de las desgracias que el inocente sufra tras las rejas, cargando sobre sus hombros el peso moral de una existencia truncada y el dolor de una familia injustamente destruida.

La enmienda es un acto de sabiduría superior que previene la consumación de un crimen judicial. Los jueces tienen el tiempo a su favor para revisar el acervo probatorio, cuestionar tesis fiscales sin sustento y limpiar el proceso de vicios, erigiendo la rectitud procesal como muro contra la injusticia irreversible. No deben permitir que la presión externa nuble su juicio; su único compromiso es con la verdad. Un error no corregido es una mancha indeleble en la hoja de vida de un magistrado y un golpe mortal a la confianza ciudadana en las instituciones que sostienen el estado de derecho.

La responsabilidad del juez trasciende el ámbito terrenal, pues decidir sobre la libertad ajena conlleva una rendición de cuentas que no termina en el estrado. Actuar con temor a Dios implica reconocer una justicia superior que observa el dolo y la negligencia. El debido proceso es el escudo del ciudadano contra la arbitrariedad; vulnerarlo para enviar a un inocente a padecer física y moralmente es un acto de crueldad injustificable. El magistrado debe ser un guardián de la luz, no un verdugo que se escuda en tecnicismos para ignorar el clamor de quien clama por su libertad desde la inocencia.

Es necesario recordar que la cárcel no es un lugar de redención cuando el que la habita es ajeno al delito. Para el inocente, los muros de la prisión son una tortura constante que degrada su humanidad. El juez que decide «lavarse las manos» está enviando a un semejante a un infierno donde la supervivencia es una lotería. Por ello, la exhortación es clara: detengan la injusticia mientras el proceso lo permita. La autoridad judicial solo es legítima cuando sirve a la verdad genuina y entiende que el acto de rectificación es el equilibrio perfecto entre la dignidad institucional y la compasión humana.

La integridad de la justicia se mide por su capacidad de reconocer sus propias fallas. Si un peritaje es dudoso o si la cadena de custodia ha sido profanada, el juez tiene la obligación ética de anular lo viciado. No se puede jugar con la libertad como si fuera una cifra estadística; cada expediente tiene alma y una historia que no merece ser borrada por la indolencia. La rectificación oportuna es el sello de un juez probo, aquel que prefiere la crítica de los poderosos antes que el remordimiento eterno de haber condenado a un justo por falta de carácter.

El temor a Dios debe traducirse en una búsqueda incansable de la equidad. Un sistema judicial sordo ante la inocencia se convierte en una maquinaria de demolición social. Los jueces deben ser conscientes de que su decisión es el límite entre la vida y la muerte. No permitan que la rutina les arrebate la sensibilidad ante el dolor; la toga que visten debe ser símbolo de pureza y no un disfraz para ocultar la arbitrariedad o el miedo a decidir conforme a la conciencia. Este es un llamado a la hermandad de humanidad que debe unir a quien juzga con quien es juzgado.

La verdadera justicia no se demuestra en la firmeza del error, sino en la nobleza de la corrección. Cuando un togado reconoce una equivocación y devuelve la libertad a quien nunca debió perderla, honra su investidura y fortalece la paz social. Ese acto de enmienda no es debilidad, sino la máxima expresión de un poder consciente de sus límites. Los abogados, fiscales y jueces deben recordar que el proceso penal es el camino para descubrir la verdad, no una trampa para cazar culpables a cualquier precio bajo el pretexto de la eficiencia procesal.

Finalmente, el llamado es a la valentía. Persistir en el error por vanidad es una bajeza que la historia no perdonará. La vida de un inocente vale más que cualquier prestigio profesional o ascenso en la carrera judicial. Rectifiquen y resuelvan con la mirada puesta en la justicia verdadera, antes de que el daño sea irreversible y el peso de su conciencia sea insoportable. Enmendar es un acto de justicia divina en la tierra; es devolverle al hombre su derecho a existir y al sistema su derecho a ser respetado por su honestidad.

«Hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento.» – Miguel de Unamuno

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor Universitario

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