Niños y niñas en peligro

25 de marzo de 2026
2 minutos de lectura
Imagen creada con IA.

«El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices».Oscar Wilde

Cuando una pareja decide hacer vida en común y uno de ellos, o ambos, tienen hijos de su anterior relación y resuelven llevárselos a vivir juntos en razón de cualquier circunstancia que así lo obliga, el amor de padre o el amor de madre se pone a prueba y, a veces, no pasa ni siquiera el ensayo.

Aunque no son todos los que están ni están todos los que son, ya es bastante grave que los niños sean víctimas de maltratos, vejámenes, humillaciones y afrentas por parte de quienes no son sus padres biológicos; pero el colmo de la crueldad es que los propios padres biológicos sean conniventes con estas vergonzosas, deshonrosas y dolorosas prácticas, e incluso lleguen a ser los propios ejecutores.

Si alguien, en complicidad con su nueva pareja, acepta el maltrato de los hijos de su sangre para congraciarse con su nuevo amor, no merece ser llamado padre o madre, según sea el caso. No puede ser padre ni madre, en el noble sentido de la palabra, quien permite que sus hijos sean castigados por un extraño o por una extraña, por quien no tiene ningún nexo sanguíneo con ellos; máxime cuando ni siquiera los lazos de sangre autorizan a nadie para lastimar a los niños y niñas, sino por el contrario, a ser comprensivos, amorosos y entusiastas en su desarrollo físico, psicológico y social.

Ninguna persona está autorizada para menoscabar la salud mental y física de nadie, mucho menos si se trata de niños y de niñas, por lo que es alarmante cuando estos son objeto de humillaciones y ultrajes por quienes están obligados por la naturaleza y por las leyes de los hombres a protegerlos.

Es indignante saber que los arrebatos de cólera o las deformaciones psicológicas de un hombre o una mujer tengan como destinatarios a personas expuestas por carecer de tamaño y fuerza para defenderse, por estar aterradas por la manera en que son tratados por la pareja de su padre o de su madre, sin que estos últimos hagan algo para evitarlo; y peor aún, consientan de manera abierta por colaborar expresamente o de manera vedada por no alzar la voz de protesta en defensa de su sangre.

Es inescrupuloso, grotesco, desnaturalizado y criminal quien, valiéndose de la ingenuidad y poca resistencia física que puede oponer un niño o una niña, le causa daños y maltratos dejándole la huella traumática de la pérdida de su derecho a vivir la bella experiencia de ser niño y ser protegido por los adultos.

Pero mayor cólera causa cuando son los propios padres biológicos quienes para amancebarse con su nueva pareja permiten que su carne, que su sangre, sea sacrificada para mantener las buenas relaciones con su hombre o su mujer, traicionando el más puro amor, que es el amor de los hijos.

Y son tan magnánimos los hijos, y son tan nobles y llenos de ternura, que muchos, aunque malogrados por su propia sangre, adoran y hasta justifican a sus padres. ¿Acaso, amigo lector, no se le llenan los ojos de llanto?

«La prueba moral más importante de la humanidad, su prueba fundamental, consiste en sus actitudes hacia aquellos que están a su merced: los niños».Milan Kundera

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor Universitario


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