El desgaste de la retórica política en la España actual

6 de marzo de 2026
2 minutos de lectura
Las Ramblas de Barcelona.

«La política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos». — Mario Vargas Llosa

Desde la Transición hasta nuestros días, España ha visto cómo ciertos vocablos se han desgastado hasta perder su esencia original, siendo manipulados en el tablero partidista para encubrir realidades que nada tienen que ver con el interés general. Observamos con preocupación cómo la dialéctica parlamentaria en las Cortes Generales se ha poblado de términos altisonantes que, lejos de buscar el consenso, pretenden profundizar la división. Palabras como «progreso», «diálogo» o «regeneración» se lanzan como armas arrojadizas en un ambiente donde la agenda política parece redactada de espaldas a los problemas reales del ciudadano que camina por la calle de Alcalá o las Ramblas de Barcelona.

La agresividad verbal y la polarización que se perciben en las sesiones de control al Gobierno no son síntomas de una democracia vigorosa, sino de una desestabilización institucional que perjudica el tejido social. Situaciones de confrontación que no se veían en décadas están dividiendo a la sociedad en bloques, alimentando un rencor que destruye la convivencia y la armonía necesarias para que España siga siendo un referente de estabilidad en la Unión Europea. El diálogo, tan invocado en las tertulias y medios de comunicación, se ha convertido en una cáscara vacía cuando no existe un respeto real a la persona ni una disposición genuina a escuchar al adversario sin prejuicios ideológicos previos.

La máscara del acuerdo y el papel del mediador

Ver —con profunda preocupación— cómo los actores políticos anuncian grandes acuerdos y comisiones de investigación solo para que, al final, la máscara no desaparezca, es una constante en la actualidad. Se condena la corrupción o la mala gestión únicamente cuando afecta al rival, mientras se encubren con imparcialidad selectiva las irregularidades propias. Al ciudadano de a pie le molesta profundamente este doble rasero; se siente incrédulo ante investigaciones que no buscan la justicia, sino el rédito electoral, dejando las injusticias cometidas sin la menor importancia real para quienes ostentan el poder.

En este escenario surgen figuras que se ofrecen como «facilitadores» o mediadores, términos hoy muy en boga pero frecuentemente distorsionados. Muchos de estos actores están tan saturados de parcialidad y pasión partidista que son incapaces de imponer un criterio razonable y neutral. Un facilitador debe ser alguien comprensivo, dispuesto a oír y dejar hablar, cuya única bandera sea el cumplimiento del debido proceso y la legalidad constitucional. Cuando el mediador se convierte en parte y juez al mismo tiempo, la posibilidad de un entendimiento real en el Congreso de los Diputados o en cualquier mesa de negociación autonómica se desvanece por completo.

Hacia una regeneración del lenguaje público

Resulta imperativo que la política española recupere el valor de la palabra dada. No se puede hablar de acuerdos cuando el lenguaje utilizado carece de altura y está diseñado para la descalificación personal. Es necesario que quienes se llaman demócratas y amantes de la libertad vuelvan a coincidir en una agenda mínima de urgencias nacionales que garantice la seguridad y la confianza del pueblo. La solución para este agotamiento democrático no vendrá de la invención de nuevos neologismos, sino de la profesionalización de la gestión y la recuperación de la ética en el discurso. Solo mediante un compromiso real con la verdad y la imparcialidad en los procesos democráticos, España podrá superar esta etapa de crispación retórica para afianzar un orden económico y social que el ciudadano español reclama y merece.

«La primera virtud de un ciudadano es la desconfianza ante el lenguaje que oculta la verdad». — Sócrates.

Doctor Crisanto Gregorio León

Profesor Universitario

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