La tensión entre Pakistán y Afganistán ha escalado de forma abrupta tras los bombardeos lanzados por Islamabad contra varios puntos del país vecino, incluida la capital, Kabul. El Gobierno paquistaní asegura que la ofensiva ha dejado más de 130 talibanes muertos y cientos de heridos, en una operación que ya define como el inicio de una “guerra abierta”.
Según el Ejecutivo paquistaní, los ataques se dirigieron contra objetivos militares en Kabul y otras provincias del este y el sur. Islamabad sostiene que ha destruido equipamiento pesado y posiciones talibanes, en una ofensiva que presenta como respuesta a amenazas crecientes desde territorio afgano.
Desde Kabul, sin embargo, la versión es muy distinta. El portavoz talibán ha confirmado los bombardeos, pero niega que haya víctimas y acusa a Pakistán de atacar zonas dentro del país sin justificación.
El cruce de acusaciones ha ido acompañado de un endurecimiento del discurso político. El ministro de Defensa paquistaní ha advertido públicamente de que la paciencia de su país “se ha agotado” y ha hablado abiertamente de guerra, en una señal del deterioro acelerado de las relaciones bilaterales.
La escalada llega tras varios días de enfrentamientos en la frontera de la Línea Durand, un límite históricamente conflictivo que separa a ambos países y donde se han registrado ataques cruzados. Cada parte acusa a la otra de alimentar la inestabilidad y dar cobijo a grupos armados.
El choque actual supone uno de los momentos más tensos entre ambos países en años y aumenta el temor a un conflicto más amplio en una región ya marcada por décadas de violencia y rivalidad geopolítica.