«La cualidad más peligrosa de la psicopatía es la capacidad de parecer una persona normal, cálida y confiable, mientras se planifica el daño.» — ROBERT HARE.
PREÁMBULO:
Continuando con la serie inspirada en los casos documentados en mi artículo sobre las víctimas de la justicia desviada, analizamos hoy la raíz histórica y evolutiva de la PSICOPATÍA FEMENINA. Así como en casos internacionales donde figuras de autoridad bajo el nombre arquetípico de MARÍA ELENA han mostrado una indiferencia gélida ante el sufrimiento de los inocentes, la historia nos revela perfiles cuya característica principal es la AMORALIDAD ESTRUCTURAL. Esta entrega conecta el pasado con el presente de aquellas que, desde el estrado o el despacho de alto nivel, actúan con la misma frialdad que los criminales que, irónicamente, deberían juzgar.
ANAMNESIS
Para rastrear la huella de la psicopatía femenina bajo el arquetipo de MARÍA ELENA MERENGUE, es imperativo comprender que el CÁLCULO ESTRATÉGICO SIEMPRE IMPERA SOBRE LA EMOCIÓN. Durante décadas, la criminología tradicional e ingenua intentó justificar el delito cometido por mujeres a través de la victimización, la hormona o el arrebato emocional. No obstante, el registro histórico y los archivos de psiquiatría forense de figuras que han abusado sistemáticamente del poder revelan una «FRIALDAD DE ÁNIMO» que no tiene nada de pasional y sí mucho de premeditado. En este perfil clínico, no hay espacio para la piedad ni para el remordimiento; solo hay espacio para la ejecución de objetivos personales y la acumulación de poder a cualquier costo social. Es una mente que funciona como una maquinaria de precisión, donde cada gesto y cada palabra están orientados a la dominación absoluta del entorno.
En la PSICOPATÍA INTEGRADA, el prójimo es simplemente un instrumento, un peldaño o un peón desechable. Mientras que un delincuente común puede experimentar ansiedad, sudoración o remordimiento ante la posibilidad de ser descubierto, los perfiles psicopáticos bajo este arquetipo mantienen una MÁSCARA DE IMPERTURBABILIDAD absoluta que desafía la intuición humana básica. Esta desconexión biológica de los circuitos de la empatía es lo que permite a una magistrada condenar a un inocente a sabiendas, o absolver a un criminal peligroso por mera conveniencia económica o política, sin que su conciencia le dicte el menor reproche. Es una CEGUERA MORAL SELECTIVA que se oculta tras un lenguaje técnico impecable y una postura de supuesta rectitud y decoro institucional. El psicópata no sufre por el daño causado; sufre únicamente cuando su estrategia falla y su seguridad personal se ve amenazada.
El NARCISISMO en este arquetipo se manifiesta como un DESAFÍO CONSTANTE A LA MORALIDAD COLECTIVA. La «María Elena Merengue» psicópata se siente imbuida de una superioridad intelectual y moral que, según su distorsionada visión, la faculta para burlar cualquier sistema de auditoría, control o justicia. Este «SENTIDO DE DERECHO» es la creencia irracional de que ella puede disponer del patrimonio público, de la honra de sus colegas o de la libertad ajena como si fueran posesiones de su propiedad privada. En los estudios forenses más rigorosos de las últimas décadas, se describe a estas mujeres como expertas en el ENCANTO SUPERFICIAL, una herramienta de seducción social que utilizan para escalar posiciones vertiginosamente y manipular a sus superiores jerárquicos. Sin embargo, una vez que el poder está asegurado, en la base de la pirámide ejercen un SADISMO BUROCRÁTICO que asfixia y humilla a sus subordinados. Su lealtad no es hacia la Constitución, ni hacia la Ética, ni hacia el pueblo; su única lealtad es hacia su propia AMBICIÓN DE PERMANENCIA E IMPUNIDAD. Al final, este arquetipo nos recuerda que la patología es circular: la María Elena Merengue del pasado criminal y la del presente institucional comparten el mismo ADN psíquico: la convicción inamovible de que el mundo es su tablero de juegos personal y los ciudadanos son meros peones desechables en su búsqueda de gloria, aunque con ello se aseguren de que ARDA TROYA.
«El mal absoluto no existe; lo que existe es la ausencia absoluta de empatía, y eso es lo más parecido al infierno.» — ALBERT CAMUS.
Doctor Crisanto Gregorio León Profesor Universitario [email protected]