Los cimientos morales de la organización: una visión integral

4 de febrero de 2026
1 minuto de lectura
La integridad corporativa como reflejo de la rectitud individual

«La integridad de una corporación no es la suma de sus reglamentos, sino el reflejo vivo de la rectitud de quienes la integran.» Dr. Crisanto Gregorio León

Una manzana dañada pone en peligro el contenido de toda la cesta. Cuando en un ente o institución el comportamiento de uno o varios de sus miembros desentona respecto de la filosofía que inspira el deber ser en el desempeño corporativo, el concepto de honor se ve seriamente comprometido. En ese instante, se presenta una fractura en la esencia de los cimientos que le inspiran cohesión y respeto ante la opinión pública. La estructura se tambalea, pues sus bases fundamentales han sido corroídas por una contradicción intolerable que amenaza con derribar el prestigio construido durante años. Esta erosión no es meramente administrativa; es una crisis de identidad que cuestiona la validez de los principios que se profesan en los manuales de ética pero se niegan en la praxis diaria.

Las virtudes éticas de las personas que integran una organización constituyen su verdadero rostro. Ello es comprobable cuando la solvencia moral de una institución gana prestigio por la conducta de una sola persona a la que han seleccionado como su rostro visible. No obstante, una empresa muestra la fragilidad de su compromiso ético ante el divorcio entre el discurso y la acción. Cuando se consienten o se encubren los desafueros de apenas uno de sus integrantes, se compromete la imagen de toda la corporación. Resulta falaz argumentar que un solo individuo no representa a la totalidad si, en sentido inverso, se utiliza el prestigio de uno solo para dignificar a la organización. La responsabilidad es bidireccional: la institución se nutre del prestigio del individuo, pero también se contamina con sus sombras si no existe una voluntad clara de corrección.

Hacer caso omiso del comportamiento falto de ética es convertirse en cómplice del desprestigio institucional. No se puede vulnerar la ética bajo el pretexto de actuar con neutralidad; quien observa impasible cómo se pisotea la integridad de un organismo por la actuación temeraria de uno de sus miembros, está enarbolando, de facto, la bandera del deshonor. Es imperativo que la ilación entre los valores declarados y la praxis diaria sea inquebrantable, pues la confianza ciudadana es un cristal que, una vez quebrado, rara vez recupera su transparencia original. Cuando los hilos conductores de la moral se rompen, se pierde la razón de ser de la organización, obligando a una redimensión profunda para evitar que el colapso, nacido de la complacencia interna, sea definitivo. El silencio institucional ante el atropello no es prudencia, es claudicación ética.

«La reputación de mil años puede ser determinada por la conducta de una sola hora.» Proverbio japonés

Dr. Crisanto Gregorio LeónProfesor Universitario

2 Comments Responder

  1. El carácter de las instituciones no es distinto al de los miembros que lo forman. Son sus dirigentes los que configuran el prestigio o la animadversión pública hacía la misma. Cuando expresamos que las instituciones no sirven siempre nos estamos refiriendo a los individuos que forman parte de ellas. Acertadísimo el autor en todas y cada una de sus exposiciones.

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