El funcionario público y el síndrome de la omnipotencia

3 de febrero de 2026
1 minuto de lectura
La desnaturalización del servicio ante el ejercicio arbitrario del poder

«Cuando el cargo se convierte en un pedestal para la soberbia, el funcionario deja de servir a la ley para servirse de ella en contra del ciudadano.»Dr. Crisanto Gregorio León

El ejercicio de la función pública exige, por definición ontológica, una vocación de servicio fundamentada en la humildad y el estricto apego a la legalidad. Sin embargo, con frecuencia observamos la irrupción del síndrome de la omnipotencia en los pasillos de las instituciones. Este fenómeno se manifiesta cuando el individuo, al ser investido de una autoridad temporal, comienza a percibir el cargo no como una carga pública de responsabilidad, sino como una extensión de su propio ego. En este estado de distorsión, el funcionario olvida que su poder es delegado y limitado, creyéndose por encima de las normas que juró defender y proteger.

Esta patología del poder genera una ruptura en la ilación que debe existir entre la norma jurídica y la justicia social. El funcionario omnipotente no escucha, no razona y, sobre todo, no empatiza con el administrado. Para este perfil, el ciudadano es un obstáculo o una cifra, y el trámite administrativo se convierte en un arma de coacción. La soberbia burocrática es el primer paso hacia la corrupción, pues quien se cree infalible y superior termina por justificar cualquier arbitrariedad bajo el manto de una supuesta eficiencia o autoridad institucional que ha sido, en realidad, secuestrada por su voluntad personal.

Es imperativo que los mecanismos de control no solo sean procedimentales, sino también éticos. La transparencia es el antídoto contra esta embriaguez de mando que corroe las instituciones desde adentro. Una administración pública sana requiere de servidores que comprendan que la verdadera grandeza del cargo radica en el respeto absoluto a la dignidad humana. Cuando el servidor público recupera la conciencia de su finitud y de su subordinación a la ley, la confianza del ciudadano en el Estado se restaura. La justicia no puede ser el capricho de quien ostenta un sello o una firma, sino el resultado de un compromiso ético que trascienda la vanidad del poder.

«La mayor prueba del carácter de un hombre es lo que hace cuando tiene el poder en sus manos.» Abraham Lincoln

Dr. Crisanto Gregorio LeónProfesor Universitario

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