El tenis, cuando alcanza su máxima expresión, es capaz de contar historias que van mucho más allá del marcador. Y lo que ocurrió este viernes en Melbourne fue una de ellas. Carlos Alcaraz se ganó a pulso un lugar en la final del Abierto de Australia tras derrotar a Alexander Zverev en un partido interminable, físico y emocional, que se extendió durante casi cinco horas y media y que ya forma parte de la memoria del torneo.
El inicio del encuentro mostró a un Alcaraz sólido, agresivo y valiente. El español se adelantó con autoridad, llevándose los dos primeros sets y dejando claro que estaba dispuesto a pelear por un sueño largamente perseguido: disputar su primera final en Australia. Sin embargo, el partido dio un giro inesperado en el tercer set. Los calambres comenzaron a aparecer en las piernas del murciano, limitando de forma evidente su movilidad y obligándole a reinventarse sobre la pista.
Durante casi una hora, Alcaraz apenas podía desplazarse con normalidad. Zverev, inteligente y constante, aprovechó ese momento para igualar el partido, forzando un quinto set que parecía inclinarse claramente del lado alemán. Pero ahí apareció algo que no se entrena en el gimnasio ni se aprende con los años: el carácter competitivo de un campeón. Alcaraz resistió como pudo, sostuvo los puntos con talento puro y se negó a abandonar, incluso cuando el cuerpo pedía lo contrario, según Europa Press.
El desenlace fue tan dramático como inolvidable. En el quinto set, Zverev llegó a sacar para ganar el partido. Todo parecía encaminado a una remontada definitiva del alemán, pero Alcaraz volvió a levantarse. Con coraje, inteligencia táctica y una fe inquebrantable, el español rompió el servicio decisivo y terminó cerrando el encuentro por 7-5, desatando la locura en la pista central.
La victoria no solo le da el pase a la final; simboliza una demostración de madurez deportiva y fortaleza mental impropias de su edad. Alcaraz no ganó solo con golpes espectaculares, sino con cabeza, paciencia y una capacidad admirable para sufrir. Supo adaptarse, reducir riesgos y jugar con lo que tenía cuando las fuerzas ya no acompañaban.
Ahora, el murciano se encuentra a un solo paso de hacer historia en Melbourne. El domingo disputará su primera final del Abierto de Australia frente al vencedor del duelo entre Sinner y Djokovic, con la ilusión intacta y la convicción de que, después de una batalla así, todo es posible. Australia ya no es un sueño lejano: es una oportunidad real.