En el ejercicio de la fe pública y la ciencia forense, no existe agravio más execrable que la fabricación deliberada de una prueba. Hablamos de peritajes que son falsos de origen, documentos «sembrados» que pretenden certificar realidades que nunca ocurrieron y que, por su naturaleza fraudulenta, no pudieron realizarse jamás bajo el rigor de ningún protocolo científico. Resulta espeluznante cómo se pretende mantener como válidos unos informes que a todas luces exhiben las costuras del engaño: la ausencia de fijación fotográfica, la inexistencia de testigos métricos y la violación sistemática de la cadena de custodia. Sostener la vigencia de tales desafueros es, en sí mismo, un acto de corrupción que despoja a la justicia de su venda para convertirla en verdugo de la inocencia.
¡Ay del alma de aquel que, teniendo la potestad de corregir el rumbo, permite que un hombre inocente sea sepultado en una celda bajo el peso de estos peritajes fraudulentos! Como bien advierte la Escritura en Proverbios 17:15: “El que justifica al impío y el que condena al justo, ambos son igualmente abominables ante los ojos de la Verdad”. Quien valida el engaño por conveniencia o soberbia, firma su propia sentencia en los tribunales del espíritu. La libertad de un hombre, arrebatada mediante el artificio y la mentira técnica, clama al cielo por una reparación que lo terrenal ya no puede ofrecer. No hay prestigio profesional que logre blindar la conciencia ante el conocimiento de que un ser humano padece tormento por causa de un expediente fabricado en la oscuridad de un escritorio.
Esa alma sufrirá tormentos en el infierno durante toda la eternidad, sumergida en el remordimiento de haber sido el arquitecto o el cómplice de una vida destrozada. En la arquitectura del castigo eterno que Dante Alighieri describió con precisión magistral, aquellos que falsifican la verdad habitan los círculos más profundos del abismo, donde el frío y el fuego se alternan para castigar a los traidores de la confianza humana. El eco del llanto del inocente será el único sonido que acompañe al autor de la falsedad. La eternidad es un tiempo demasiado largo para cargar con el pecado de un peritaje sembrado. Al final, cuando los títulos académicos se vuelven ceniza, solo quedará la verdad desnuda frente a una justicia divina que no acepta fraudes ni silencios cómiclises.
“La imagen que no capturé delata el fraude que tú firmaste; en la penumbra de tu informe falso se revela la oscuridad de tu destino espiritual.” – Doctor Crisanto Gregorio León (En la voz de la Fijación Fotográfica)
Doctor Crisanto Gregorio León