¡Ha perdido usted los estribos, señora!

9 de junio de 2026
5 minutos de lectura

«Entre la razón del derecho y los trastornos de la personalidad»

«La prudencia es la armadura del justo, mientras que la ira es el estandarte de quienes, al sentirse desbordados por su propia pequeñez, intentan someter al mundo a través del estrépito y la soberbia, olvidando que el poder, cuando no está templado por la ética, se convierte en el arma que termina por autodestruir al que lo ostenta.»

La literatura, en su inmensa capacidad de desentrañar las profundidades del comportamiento humano, nos permite observar como en una sala de espejos el alma de quienes, revestidos de autoridad, se ven confrontados por su propia sombra. Cuando una funcionaria que ostenta la representación de la oficina del yin y del yang —esa instancia ministerial que, por naturaleza, debería encarnar la dualidad perfecta entre la acusación y la defensa, la luz y la sombra, la justicia y la imparcialidad— pierde la compostura y se dirige al letrado con un arrebato de violencia verbal, no solo estamos presenciando una carencia absoluta de decoro institucional.

Estamos ante la revelación de un ser humano que, al sentirse interpelado por el derecho, decide colocarse unas gringolas mentales que le impiden percibir la realidad de su propio desequilibrio. Esta representante de la vindicta, al optar por una ceguera selectiva —esa patología que en psicología define la negativa a reconocer la evidencia para proteger un ego frágil—, abandona la equidad que su cargo exige, sucumbiendo a una embestida que, desde la misma disciplina, se tipifica como un trastorno de violencia intermitente, dejando al descubierto que su pretendida autoridad era, en realidad, un castillo de naipes sostenido únicamente por el miedo y la imposición.

(Adaptación de la novela «La fiesta del chivo», Mario Vargas Llosa, 2000):

«—¡Cállate! —gritó la representante de la oficina del yin y del yang, fijando sus ojos desorbitados sobre el letrado, con el rostro transfigurado por una cólera que, lejos de ser la firmeza del mando, era el miedo a ser descubierta en su miseria—. ¡No tienes derecho a interrogarme! ¡Nadie, mucho menos un abogado que se cree más sabio que la ley, tiene el derecho de señalarme lo que he hecho o dejado de hacer!»

Esa es la voz que, en el instante de su crisis, resonó con el eco funesto de una pieza ilegítima que, al sentirse amenazada por la razón del derecho, recurre al grito directo contra el defensor como último refugio. Es fundamental comprender que el sistema no siempre es el ejecutor directo de este comportamiento, sino que a veces es víctima de una configuración gestáltica perversa: la sumatoria de estas partes viciadas altera la naturaleza del todo, creando un laberinto donde la justicia se pierde. Esta funcionaria no es más que la oveja negra del cuerpo ministerial; una pieza dañada que ha transformado su despacho en una guarida de delincuentes donde se conspira contra las garantías procesales. Ella se siente resguardada por una estructura que, si bien puede ser indiferente, se vuelve cómplice al permitir que estas piezas ajenas a la formación y a la ética tomen el control de parcelas de poder que no les pertenecen.

(Adaptación de la novela «El otoño del patriarca», Gabriel García Márquez, 1975):

«—Usted no sabe quién soy yo, letrado —le gritó la funcionaria, dirigiéndose a él con una voz que ya no era la suya, sino un alarido que arrastraba el estruendo de toda su gloria marchita—, ¡usted no puede hablarme así, señora, se lo advierto, ha perdido usted los estribos con esta insolencia que no voy a tolerar bajo ninguna circunstancia!»

La escena se vuelve patética cuando ella, ante el espejo de la crítica jurídica y escupiendo sus palabras directamente contra la defensa, termina arrojando su propio vaso contra la pared; un acto de frustración pueril donde los fragmentos de cristal marcan el límite exacto de su propia decadencia. Ante la imposibilidad de razonar frente al letrado, ella se atrinchera en su guarida, convirtiendo su oficina en un feudo donde la lógica y las garantías procesales son proscritas. Como el Bolívar garciamarquiano en su laberinto, nos preguntamos: ¿cómo salimos de esta encrucijada? La respuesta yace en la identificación de estas piezas; el sistema, como un motor complejo, a veces intenta eyectar al elemento dañino para salvarse de la explosión inminente, pero mientras tanto, debemos enfrentar la realidad de este «botón» que nos muestra la magnitud de la podredumbre.

(Adaptación de la novela «La mala hora», Gabriel García Márquez, 1962):

«—¡Usted es una entrometida, defensa técnica! —exclamó la funcionaria, arrojando el vaso contra la pared para intimidar al letrado, dejando que los fragmentos de cristal marcaran el límite de su propia ruina—. ¡No me importa lo que digan, no me importa lo que piensen, no me importan sus doctrinas, porque aquí, en esta guarida, mando yo y se hace lo que yo digo!»

El debido proceso exige una ética de acero que pocos logran sostener en momentos de crisis. Mientras esta autoridad, presa de sus gringolas mentales, se transformaba en una caricatura grotesca de su propia malicia, la voz mesurada del letrado permaneció incólume, demostrando que el derecho no necesita levantar la voz para ser escuchado. Ella se ampara en la inercia institucional, pero su conducta es una traición a la naturaleza ministerial que debería encarnar. Su ceguera es una elección; su desprecio por la presunción de inocencia, una marca de origen. Es una pieza de recambio que nunca debió ser integrada al motor principal, pues su presencia es el recordatorio de que la justicia, cuando se convierte en el ejercicio de una perversión procesal, ha dejado de ser justicia para transformarse en tiranía.

(Adaptación de la novela «Conversación en La Catedral», Mario Vargas Llosa, 1969):

«—¿Crees que puedes venir aquí a juzgarme, operador jurídico? —la voz de la funcionaria tembló al encarar al letrado, no de rabia, sino de impotencia—. Tú, que no sabes nada de lo que significa mantenerse en pie cuando todos esperan que te desplomes, ¿te atreves a señalar mis errores, a poner en tela de juicio mi autoridad?»

(Adaptación de la novela «La ciudad y los perros», Mario Vargas Llosa, 1963):

«—¡Se calla! —ordenó la funcionaria, buscando someter al letrado al ver cómo el terreno se le escapaba de las manos—. Usted no ha venido aquí a darme lecciones, ha venido a someterse a mi voluntad. Si cree que su técnica puede más que mi cargo, está muy equivocado, porque aquí soy yo quien impone la ley, a mi manera y bajo mis condiciones.»

Es menester comprender que la funcionaria de la oficina del yin y del yang, al abandonar la búsqueda de la equidad, se convierte en un actor de un drama que solo tiene lugar en su propia mente perturbada. La justicia requiere de una visión abierta, de una capacidad de escucha que esta persona ha sepultado bajo el peso de su propia soberbia. Cuando la defensa técnica se enfrenta a tal escenario, no lucha contra una persona, sino contra una anomalía institucional que ha viciado el ejercicio del poder. La lección es clara: el poder sin templanza es una esclavitud para quien lo ostenta y una tragedia para el sistema que, con paciencia, espera la expulsión definitiva de sus piezas dañadas para volver a ser, finalmente, el guardián de la ley.

«Si no es contigo, que te resbale»: El presente texto constituye un ejercicio de ficción jurídica y narrativa literaria, diseñado como una hipótesis de trabajo para exponer, mediante la hipérbole y el análisis doctrinario, situaciones que no son correctas y no deberían presentarse en la praxis judicial. Esta labor se desarrolla en estricto apego a las normas de la UNESCO y la jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre la libertad de expresión y el derecho de los intelectuales a manifestar sus ideas, criticar los sistemas y cuestionar los vicios del poder. El contenido no alude a persona alguna en el ejercicio de sus funciones; no obstante, quien se sienta retratado y pretenda excusarse sin haber sido señalado, se autoincrimina de manera evidente (excusatio non petita, accusatio manifesta).

«El silencio de quien sabe la verdad es el ruido más insoportable para quien, habiendo perdido el camino, intenta construir un imperio sobre los escombros de su propia dignidad.»

Doctor Crisanto Gregorio León
Profesor Universitario

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